Aprendiendo a ayudar

Ayudar a otros puede hacernos caer en ciertas falacias de las que no nos damos cuenta. Es necesario analizar las intenciones, la actitud y la forma en la que ayudo a los demás: puedo estar ayudando muy sinceramente a una persona y al mismo tiempo tirándola hacia abajo, como si fuera inferior o como si fuese dependiente de mi para sentirme bien o para controlar a través de la ayuda.

Ayudar a otros puede hacernos caer en ciertas falacias de las que no nos damos cuenta.  Es necesario analizar las intenciones, la actitud y la forma en la que ayudo a los demás: puedo estar ayudando muy sinceramente a una persona y al mismo tiempo tirándola hacia abajo, como si fuera inferior o como si fuese dependiente de mi para sentirme bien o para controlar a través de la ayuda. Y si eso no lo veo, realmente estoy tendiéndome una trampa conmigo mismo.

Hay cuatro puntos para tener en cuenta:

1-      El foco de atención al ayudar a otro

2-      Ayudar desde la igualdad

3-      Al ayudar me convierto en un contribuidor.

4-      No soy culpable de los problemas de los demás.

 

El foco de atención al ayudar a otro

Es importante tener en cuenta en este punto  que el foco de atención no soy yo sino la persona que requiere ayuda. Cuando escuchamos hablar a alguien de qué es lo que hace y cómo ayuda, incluso en el mismo tono que emplea para decirlo, puede revelarnos que esa persona está centrada únicamente en sus propias necesidades psicológicas y emocionales. Y eso no es ayudar realmente al otro, pues lo está haciendo solamente por y para sí mismo.

La actitud de ayudar al otro debe estar enfocada en lo que esa persona precisa a corto y a  largo plazo. Puede que alguien necesite comida en un momento determinado y realmente le tengo que ayudar, porque a lo mejor hay gente que pasa hambre, que no es un capricho. Y hay gente que piensa que esa persona tiene que ponerse a trabajar. Quizá a largo plazo, a mediano plazo sí, pero en el corto plazo a lo mejor si no le doy comida, no sobrevive.

Entonces, he de tener una actitud de ayudar al otro en lo que esa persona necesita ahora y más adelante. Y también he de saber que mi ayuda no es eterna, sino que tiene un tiempo y luego acabará para no crear una especie de dependencia en la otra persona y que esa dependencia sea una excusa para yo sentirme bien porque ayudo. No. Quiero ayudar a alguien para convertirla en una persona libre, y no una víctima dependiente de mí.

 

Ayudar desde la igualdad

  Cuando ayudo a alguien, he de ayudarla desde la igualdad. No puedo creerme que porque tengo más dinero, o más capacidades o más conocimientos soy superior en relación a la persona a la que ayudo. De hecho, no puedo ayudar a una persona a salir de sus problemas si la trato como si fuera una persona inferior o sin solución. Porque así, realmente, no puedo ayudarla a traspasar sus propios límites.

Mi profesor,Swami Dayananda, solía decir: “Si tratamos a las personas dentro de una normalidad y cuando invoco en la persona que ayudo a una persona normal sana, eso provoca en la mente de la persona que pueda crecer en vez de quedar dependiente”. Si dando clases de Vedanta doy un conocimiento invoco en la persona que está escuchando al sabio que en ella se va a convertir, aunque actualmente esté creciendo como persona y madurando como estamos haciendo todos.  

 

Al ayudar me convierto en un contribuidor

Cuando ayudo quiero contribuir de una manera libre y eso implica madurez. Ayudo porque quiero contribuir, no porque un tercero me obligue y menos por lo que piensen los demás. Si soy una persona medianamente sensible encuentro que mi contribución a los demás me da satisfacción es que soy una persona madura.

No puedo esperar que ayudando otros me adoren o me den reconocimiento, porque la opinión de los demás es incontrolable y un día me van a adorar y otro día me van a decir que soy un cretino. Entonces, no puedo depender del reconocimiento externo cuando ayudo. Ése no es el espíritu adecuado. Ayudo porque se presentan situaciones que requieren de mi ayuda ¿no?

Si alguien se cae en la calle, no ayudo a esa persona para que otros digan: “oh, qué bueno es Óscar”. No. ¿Te gustaría que otro te hubiera ayudado? Sí. Pues eso es actuar en conformidad al dharma, a lo que se espera de cada uno en las situaciones que se nos presentan. Y así, encuentro un placer en contribuir a la vida de las personas y en darme cuenta de que si doy en función de mis dones, de mi naturaleza, siguiendo mi dharma, eso implica crecer y madurar.

 

No soy culpable de los problemas de los demás

A veces ayudo porque siento una especie de remordimiento. Y ese no es un sentimiento sano. No puedo sentirme que soy culpable de los problemas de las personas; cada uno tenemos los nuestros. Porque si siento que yo soy culpable, entonces el dar se transforma en una energía trastocada. Y mi ayuda entonces se puede ver entonces como un derecho para la otra persona ¿no? Y puede decir: “Me has de ayudar, porque mira cómo estoy” No. Yo no soy responsable de cómo estás, cada uno es responsable de cómo está. Entonces, ayudo porque quiero ayudarte, no porque tenga que ayudarte porque tú me lo exiges.

 Tener en cuenta estos puntos hace que la ayuda sea realmente beneficiosa y cumpla los objetivos que implican dar y recibir ayuda.